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Published: junio 27, 2026

Agudizando el impacto

Cuando la difusión masiva mete el dedo en la llaga.

La circulación de la información en la era digital ha transformado radicalmente la velocidad y el alcance de nuestros mensajes. Sin embargo, las estructuras de comunicación ancestrales y ciertas dinámicas psicológicas profundamente arraigadas continúan reproduciéndose en las plataformas modernas. Para comprender cómo se distorsiona la realidad en momentos de crisis, es necesario detenernos primero en uno de los fenómenos sociales más antiguos y devastadores: el chisme.

El chisme es, fundamentalmente, un relato, comentario o rumor —generalmente no verificado— que circula entre las personas sobre asuntos privados de otros. Su propósito rara vez es puramente informativo; con frecuencia funciona como mecanismo de control social, catarsis colectiva o simple entretenimiento a expensas de la intimidad ajena.

Algunos autores relacionan etimológicamente la palabra chisme con el griego schísma ("división" o "separación"), una asociación especialmente sugerente si se considera su capacidad para fragmentar vínculos, sembrar desconfianza y alterar la percepción de la realidad.

El lector desprevenido suele consumir este tipo de contenidos creyendo que ejerce su derecho a estar informado, sin advertir que participa activamente de una vieja miseria colectiva.

En el escenario contemporáneo, la difusión de eventos catastróficos —como un terremoto— mediante imágenes, videos, reels o listas de personas desaparecidas genera un impacto inmediato y masivo. Este fenómeno presenta una dualidad compleja que oscila entre la cooperación humanitaria y el perjuicio psicológico.

Por un lado, la difusión puede movilizar la solidaridad, facilitar la recaudación de ayuda y conectar familias mediante información compartida en tiempo real.

Por otro, esa misma velocidad favorece una saturación informativa que suele incorporar datos falsos, inexactos o desactualizados, entorpeciendo las labores de rescate. Además, puede vulnerar la privacidad y la dignidad de las víctimas y de sus familias, mientras expone a millones de personas a un proceso de desensibilización progresiva o de trauma secundario provocado por la reiterada exposición al sufrimiento humano.

Es precisamente aquí donde aparece un paralelismo inquietante. Es el instante en que ocurre algo inesperado: los difusores descubren que el fenómeno descrito ya no habla de otros. Habla de ellos. Compartir sin verificar deja de ser un acto espontáneo de solidaridad para convertirse, muchas veces sin advertirlo, en una forma moderna de reproducir la lógica del chisme.

Tres mecanismos hacen posible esta dinámica:

Ausencia de verificación.
La necesidad de ser el primero en compartir desplaza la necesidad de comprobar. El impulso de difundir termina propagando información falsa, incompleta o desactualizada.

Morbo y deshumanización.
El dolor ajeno se convierte en un producto de consumo inmediato. La emoción genera interacción y el respeto queda relegado frente al impacto visual.

Fragmentación de la realidad.
Los formatos breves aíslan escenas específicas para volverlas más atractivas, despojando al acontecimiento de su contexto, su complejidad y su verdadera dimensión humana.

Como consecuencia, la comunicación pierde su función esencial de esclarecer, orientar o asistir, para transformarse en un vehículo de catarsis desordenada o de simple entretenimiento digital. La urgencia por difundir contenidos trágicos sin un propósito verdaderamente constructivo termina intensificando el impacto emocional, amplificando el sufrimiento tanto de quienes padecen la tragedia como de quienes la consumen desde la distancia. En lugar de contribuir a la solución, la repetición indiscriminada de estas narrativas alimenta el malestar social y psicológico.

Entonces, la pregunta deja de ser qué estás compartiendo.

La verdadera pregunta es:

¿Desde qué espacio estás difundiendo esa información y con qué intención?

Si esta reflexión resuena contigo, puedes explorar más procesos de acompañamiento en mi trabajo como facilitador.

Julio Linares

Argentina

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