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Published: octubre 21, 2026

EL CLUB Y SUS LABERINTOS

Del garrote al bien común: mis reflexiones sobre la gobernanza, los vínculos y mis propios laberintos

A lo largo de mi observación sobre cómo surgen y se sostienen algunas organizaciones en las que sigo participando desde hace algunos años, he notado que un club fundado por una o un par de personas que actúan como directores perpetuos de todas las actividades posee una fuerza inicial insustituible. En sus comienzos, este modelo de autor aporta enormes bondades: ofrece una visión clara y sin dispersiones, una dirección precisa y un motor vital que contagia entusiasmo. Sin el impulso apasionado, la dedicación y el hombro de su fundador, la gran mayoría de los proyectos jamás lograrían despegar ni mantenerse con vida. Para quienes, como yo, nos sumamos a espacios así, la figura contenedora del creador nos brinda mística, un sello distintivo y un entorno seguro donde solo debemos preocuparnos por disfrutar de la lectura y el encuentro.

Por otra parte, y animado por mi permanente curiosidad, me topé con que el origen etimológico de la palabra club se presenta como una metáfora fascinante. El término procede del nórdico antiguo klubba y del germánico klumpo, que significaban una masa, bodoque o garrote pesado. En su sentido más primitivo, un club en gestación se comporta exactamente así: como un núcleo denso y unificado alrededor de un solo punto de apoyo. La fuerza y la cohesión dependen de esa pieza central. Sin embargo, el dilema no radica en la existencia del club de autor —pues es el que permite el nacimiento de la idea—, sino en confundir la etapa de gestación con la de madurez. Lo que al principio es una fortaleza protectora y un nido seguro, con el tiempo puede convertirse en un techo si la estructura no fue concebida para evolucionar.

En contraposición a esta centralización inicial, en algunas de esas organizaciones que conozco y en las que sigo participando, he tenido la vivencia de cómo logran transicionar hacia dinámicas rotativas, donde los roles se distribuyen y las personas aprenden colectivamente. En la historia de la palabra club, el cambio crucial ocurrió cuando el sustantivo pasó a ser un verbo en la Inglaterra del siglo XVII: to club together, que significaba juntarse, asociarse y aportar entre varios para pagar una cuenta o un fin común.

En un club que alcanza la gobernanza institucional, el valor ya no reside en una figura fija, sino en el acto colectivo de aportar y asumir responsabilidades compartidas. El proyecto deja de ser visto exclusivamente como el «hijo» de su creador para convertirse en un patrimonio común. Recuerdo el caso de una gran fundación de ayuda e investigación del VIH en Estados Unidos creada por un buen amigo mío: creció tanto que él mismo comprendió que debía soltarla y dejarla ir, porque ya no le pertenecía a él, sino a quienes la conducían y a la comunidad que la sostenía.

Llevando esto a mi realidad cercana, analizo mi actual membresía a un grupo de lectura y reconozco su funcionamiento bajo el modelo de un club de autor. Valoro profundamente la estructura y la entrega de quienes lo hacen posible, pero reconozco que en algún momento podría alcanzar la madurez institucional y estarse preparando para transitar hacia un esquema de gobernanza plenamente rotativa. Este grupo se convierte así en otro buen espejo de mi vida actual y de algunos de sus síntomas.

En este escenario, las pequeñas quejas o incomodidades individuales que empiezan a surgir no son simples molestias ni ataques a la gestión; para mí, representan los valiosos gérmenes y síntomas de un posible cambio futuro. Sin embargo, advierto un riesgo latente: caer en un bucle (loop) permanente de búsqueda de reconocimiento y aprobación constante hacia sus autores o fundadores, un ciclo que genera una ilusión perpetua de movimiento pero mantiene la estructura totalmente inmóvil.

Cuando observo esta clase de estructuras con detenimiento, descubro que se replican los patrones del Triángulo Dramático de Karpman. Sin darnos cuenta, los integrantes y el propio fundador podemos deslizarnos hacia roles rígidos: el Salvador que todo lo provee y sostiene para que el club no muera, la Víctima que se siente abrumada o incomprendida por el peso de la gestión, y el Perseguidor que aparece a través de la crítica o la queja sutil ante lo que no avanza.

El club entero —o mi propia relación con él— se vuelve entonces como un perro intentando morderse la cola: un esfuerzo circular, absorbente y agotador que da vueltas sobre sí mismo sin salir jamás del mismo sitio.

Sin embargo, comprendo que esta coreografía no pertenece exclusivamente a la creación de un club formal de cualquier tipo e interés; es, en el fondo, una condición profundamente humana que también experimento en todas mis interacciones personales y en las realidades que transito.

Al final, no se trata de señalar únicamente al creador atrapado en la dinámica de su propia obra, sino de reconocer cómo cada uno de nosotros suele enredarse en su propio triángulo de Karpman dentro de los diversos escenarios cotidianos que construimos para nosotros mismos. Descubrir esto me invita a pausar, agradecer las fortalezas que hicieron nacer mis proyectos y quizás también los de ustedes, soltar el garrote del control, y aprender a transitar hacia vínculos más libres, maduros y compartidos.

Aun dicho todo lo anterior, y siendo coherente con mi reiterada posición de que las generalizaciones a nada conducen, reconozco y veo que este grupo de lectura está constituido por venezolanos asentados en Argentina con distintos tipos de vidas y causas que motivaron nuestra llegada a este país. Así pues, este no es cualquier grupo de lectura de autor.

Por ahora, sigo participando en el esquema planteado, a mi ritmo, estilo de vida y respetando mis libertades individuales; valorando lo que hay y cómo se presenta.

Si esta reflexión resuena contigo, puedes explorar más procesos de acompañamiento en mi trabajo como facilitador.

Julio Linares

Argentina

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