Memoria, poder, identidad y reconciliación
Hay preguntas que parecen dirigidas a un país, pero que en realidad están dirigidas a cada uno de sus habitantes.
Esta es una de ellas:
¿Está Venezuela preparada para reconciliarse?
Pero quizás la pregunta verdaderamente importante sea otra:
¿ESTÁS PREPARADO(A) PARA RECONCILIARTE?
No es una pregunta sencilla porque reconciliarse no significa olvidar. No significa justificar ni renunciar a la justicia. No significa decir que todos fueron igualmente responsables. Y mucho menos significa fingir que no pasó nada.
Reconciliarse significa algo mucho más difícil: aceptar que el pasado ocurrió, reconocer lo que nos hizo, asumir lo que nos corresponde y decidir que no estamos obligados a repetirlo.
Y para comprender por qué esto es tan difícil para Venezuela, tenemos que mirar mucho más atrás que Chávez.
Venezuela no comenzó con Chávez
Antes de que existiera Venezuela existían pueblos. Había territorios, culturas, lenguas, formas de organización, agricultura, pesca, comercio, espiritualidad y conflictos.
Después llegaron los españoles y se fundaron ciudades: Coro, Barquisimeto, Valencia, Maracaibo y Caracas. Con las ciudades llegaron las instituciones coloniales, la Iglesia, las jerarquías, las haciendas, la explotación de la tierra, el cacao, la ganadería y, también, la esclavitud.
La riqueza estaba en la tierra y quien poseía la tierra poseía buena parte del poder.
La sociedad se organizó alrededor de jerarquías: unos mandaban y otros trabajaban; unos poseían y otros dependían.
La Independencia rompió con España, pero no consiguió borrar de un día para otro esa estructura y entonces Venezuela pasó de la autoridad colonial al caudillismo.
Durante mucho tiempo, mandar fue más importante que gobernar
El siglo XIX venezolano fue una larga lucha por el poder: guerras, revoluciones, levantamientos, caudillos, gobiernos y contra-gobiernos.
Regiones enfrentadas y una institucionalidad todavía demasiado débil para contener la fuerza de los hombres que podían imponerse sobre ella.
Había una pregunta que se repetía de distintas maneras: ¿quién manda?
Y no siempre: ¿qué instituciones deben gobernar?
Esa diferencia aparentemente pequeña dejó una huella profunda porque una sociedad puede acostumbrarse a pensar que el país depende de quién ocupa el poder, en lugar de depender de la calidad de las instituciones.
Entonces aparece el hombre fuerte: el protector, el caudillo, el que pone orden, el que promete acabar con el caos, el que habla en nombre del pueblo.
Y esta figura, con diferentes rostros y diferentes discursos, acompañará buena parte de la historia venezolana.
Entonces apareció el petróleo
Y Venezuela cambió.
No cambió solamente su economía sino también su psicología; su relación con el trabajo, con el Estado y con el futuro.
Durante siglos la riqueza había dependido de producir tierra, cacao, café, ganado, trabajo y comercio.
Pero el petróleo introdujo una ecuación completamente diferente:
subsuelo → petróleo → renta → Estado.
Y el Estado comenzó a recibir una riqueza extraordinaria.
Venezuela se hizo rica, o, mejor dicho, comenzó a recibir una riqueza extraordinaria.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas porque una sociedad productiva genera riqueza de manera distribuida y una sociedad rentista recibe una parte importante de su riqueza desde una fuente extraordinariamente concentrada.
Eso puede transformar al Estado en proveedor y cuando el Estado se convierte en proveedor, el ciudadano puede comenzar a relacionarse con él no como copropietario de una institución común, sino como beneficiario de algo que espera recibir.
El petróleo también educó
Educó al venezolano en la abundancia, en la expectativa, en el consumo, en la posibilidad y en la idea de que siempre podía haber más.
Durante décadas, Venezuela recibió inmigrantes, construyó ciudades, carreteras, universidades, hospitales, industrias y urbanizaciones.
Millones de personas mejoraron sus condiciones de vida y nació una convicción profundamente arraigada: Venezuela es un país rico.
Pero esa frase llevaba escondida otra: Si somos ricos, ¿por qué no todos vivimos como ricos?
Y allí comenzó a incubarse uno de los resentimientos más poderosos de nuestra historia.
La democracia también fue hija del petróleo
Después de 1958 Venezuela consiguió algo extraordinario, actuó una democracia relativamente estable: elecciones, alternancia, partidos, universidades, clase media, industrialización, movilidad social. Durante décadas, el país parecía haber encontrado una fórmula.
Pero aquella democracia tenía una dependencia silenciosa: la renta petrolera.
El Estado podía distribuir, los partidos podían intermediar, el ciudadano podía recibir y el sistema podía mantenerse mientras hubiera suficiente renta.
Pero la renta no es eterna y cuando comenzó a disminuir, aparecieron las grietas: devaluación, inflación, deuda, corrupción y desencanto.
Hasta que un día, en 1989, el país explotó.
El Caracazo no fue solamente una protesta por el precio del transporte sino también la expresión de una ruptura psicológica: la ruptura entre la Venezuela que creíamos ser y la Venezuela que estábamos descubriendo que éramos.
Entonces apareció Chávez
Y Chávez entendió algo que otros no habían entendido.
El venezolano no estaba solamente empobrecido sino también herido en su sentido de pertenencia y de dignidad.
Y Chávez ofreció una explicación. No dijo simplemente "La economía está mal" sino "Te quitaron lo que era tuyo."
No dijo solamente "Hay desigualdad", también dijo "Hay unos pocos que se apropiaron de Venezuela."
Aparte de ofrecer políticas también ofreció identidad, pertenencia, un enemigo y una promesa.
Y ofreció algo todavía más profundo: la sensación de que alguien finalmente había venido a hablar en nombre de quienes se habían sentido invisibles.
La renta petrolera permitió financiar esa esperanza durante años y mientras hubo dinero, la promesa pareció posible.
Hasta que la realidad volvió a cobrar su precio
El petróleo cayó, la producción se deterioró, las instituciones se debilitaron, la economía se contrajo, la inflación destruyó el salario, la migración comenzó a vaciar familias y la escasez llegó a los hogares.
Y Venezuela entró en una experiencia que probablemente tardará generaciones en ser comprendida completamente.
No fue solamente una crisis económica. Fue una experiencia de pérdida. Las pérdidas de patrimonio, de seguridad, de expectativas, de familiares, de proyectos y de identidad.
Y para millones: pérdida del país físico en el que habían construido su vida.
Y mientras el Estado se debilitaba, se fortalecieron viejas rentas y aparecieron otras
El petróleo, contrabando, minería ilegal, narcotráfico, economías informales; redes y carteles de corrupción y grupos armados.
La renta ilegal comenzó a ocupar espacios donde el Estado dejaba vacíos y entonces la pregunta histórica volvió a cambiar.
Ya no era solamente: ¿quién controla el petróleo?
También: ¿quién controla las fronteras?, ¿quién controla las minas?, ¿quién controla las rutas?, ¿quién controla el territorio? y ¿quién controla la fuerza?
Porque cuando las instituciones pierden fuerza, el poder no desaparece, se redistribuye.
¡Y Venezuela se partió!
No solamente políticamente. Se partió humanamente. Una parte de Venezuela se fue y otra se quedó.
Una generación envejeció viendo desaparecer el país que conocía y otra generación creció dentro del chavismo y el madurismo. Otra aprendió a sobrevivir y otra aprendió a emigrar y a enviar remesas. Otra aprendió a vivir en dólares y otra aprendió a desconfiar.
Y todas tienen una historia diferente.
El que se fue tiene una herida
Puede pensar: "Yo tuve que abandonar mi país."
Pero también puede mirar al que se quedó y preguntarse: "¿Por qué no hicieron más?"
Y quien se quedó puede responder: "Porque alguien tenía que quedarse."
Y puede mirar al que se fue y pensar: "Ustedes nos dejaron solos."
¿Quién tiene razón? Quizás ambos y quizás ninguno completamente.
Porque cuando una sociedad se rompe, la verdad también se fragmenta.
El mayor tiene otra herida
Recuerda una Venezuela diferente, la democracia, la bonanza y las oportunidades.
Recuerda también las desigualdades, la corrupción, el clientelismo y las frustraciones que hicieron posible que aquella Venezuela terminara siendo rechazada.
Puede decir: "Ustedes no conocieron lo que tuvimos."
Y el joven puede contestarle: "Pero ustedes tampoco conocieron lo que nosotros vivimos."
Ambos hablan desde la verdad de su experiencia y precisamente por eso necesitan escucharse.
El joven tiene una herida que los demás no siempre comprenden
Para muchos jóvenes venezolanos, Chávez no fue un presidente. Fue parte de su infancia.
Maduro no fue una etapa política. Fue parte de toda su adolescencia.
La crisis no fue una excepción. Fue su normalidad.
La migración no fue una noticia. Fue la ausencia de un padre, una madre, un hermano, un tío o un amigo.
No podemos pedirle a esa generación que regrese emocionalmente a una Venezuela que nunca conoció.
Tendrá que construir otra. Y para hacerlo necesitará algo que ninguna generación anterior puede regalarle: el derecho a imaginar un futuro que no esté obligado a parecerse al pasado.
Y entonces aparece la pregunta por el venezolano
Porque toda esta historia no ocurrió solamente sobre un territorio. Ocurrió dentro de personas.
La historia también construyó una manera de pensar, sentir, reaccionar y sobrevivir. El venezolano desarrolló una extraordinaria capacidad: "Yo resuelvo."
La capacidad de conseguir, improvisar, inventar, encontrar una salida, buscar una persona, conseguir una palanca, adaptarse.
Eso permitió sobrevivir, pero también pudo tener una sombra: aprender a sortear el sistema en lugar de construir un sistema mejor.
El cuerpo aprendió a resistir
Resistir crisis, inflación, escasez, incertidumbre, migración, separación y pérdidas.
El venezolano aprendió a aguantar y esa capacidad es admirable.
Pero también hay una pregunta:
¿cuánto tiempo puede una sociedad convertir la supervivencia en una forma de vida antes de olvidar que merece estabilidad?
Quizás una de las tareas del futuro sea pasar de resistir a construir.
Y el espíritu aprendió a esperar
Venezuela es una sociedad profundamente espiritual: Dios, La Virgen, los santos, los ancestros, la energía, la intuición, la esperanza y la providencia.
La fe ha ayudado a millones a atravesar momentos extraordinariamente difíciles, pero incluso la fe tiene una sombra: puede convertirse en espera y la espera puede convertirse en dependencia.
Entonces aparece nuevamente la figura del salvador: "Alguien vendrá."
Alguien pondrá orden, alguien recuperará el petróleo, alguien castigará a los culpables, alguien nos devolverá el país, alguien nos reconciliará.
Pero quizás el próximo gran paso espiritual de Venezuela sea comprender algo distinto: Dios puede acompañarnos, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad.
El verdadero riesgo del futuro
Por eso no creo que el principal peligro sea que aparezcan cuatro personas – por poner un número- vendiendo cuatro futuros imposibles.
El peligro es que volvamos a necesitar una persona para poder creer en el futuro y que vuelva a funcionar la fórmula:
crisis → resentimiento → salvador → esperanza → dependencia → concentración de poder → DECEPCIÓN.
Puede cambiar el nombre, el color, la ideología, pero si la estructura psicológica permanece, la historia puede repetirse.
La verdadera transformación podría – y hasta tendría- que ser otra: del caudillo al ciudadano, de la renta a la producción, de la improvisación a la planificación, de la dependencia a la responsabilidad y del personalismo a las instituciones.
Pero primero habrá que reconciliar el resentimiento
Y aquí está quizás la parte más difícil porque nadie quiere entregar su dolor.
El que fue perseguido quiere justicia, el que perdió a un familiar quiere reconocimiento, el que emigró quiere que se comprenda su sacrificio, el que permaneció quiere que se reconozca su resistencia, el chavista quiere que no se borre su historia, el opositor quiere que no se borren sus heridas, el joven quiere que no le impongan nostalgias, el mayor quiere que no se desprecie su memoria, y todos, de alguna manera, quieren ser reconocidos.
Ahí comienza la reconciliación. No cuando todos piensan igual sino cuando cada uno puede decir:
"Mi historia importa, pero no necesito destruir la tuya para que la mía sea reconocida."
Otros pueblos ya han intentado hacerlo
Sudáfrica tuvo que enfrentar el apartheid, Chile tuvo que transitar desde una dictadura, Colombia tuvo que intentar convertir enemigos armados en participantes de una nueva vida política, Alemania tuvo que reconstruirse después del nazismo y España tuvo que salir de una dictadura con las heridas todavía abiertas de una guerra civil.
Ninguna sociedad encontró una fórmula perfecta, pero todas enseñan algo: reconciliar no significa olvidar.
La verdad tiene que existir, la responsabilidad tiene que existir, la justicia tiene que existir; la reparación, cuando corresponde, tiene que existir.
Y después tiene que aparecer algo todavía más difícil: la posibilidad de volver a convivir.
Venezuela necesitará reconciliar memorias
Quizás no podamos comenzar preguntando: "¿Quién tiene razón?"
Tal vez tengamos que comenzar preguntando: "¿Qué nos ocurrió?"
Y aceptar que las respuestas serán diferentes: la Venezuela que fue, la que se perdió, la que se sufrió, la que se abandonó, la que se aprendió desde afuera y la que los jóvenes imaginan.
Y todas forman parte de la misma historia, no necesitamos escoger una y destruir las otras: necesitamos integrarlas.
La diáspora tiene algo que aportar
Ha conocido otros países, otras instituciones, otros sistemas, otros modos de trabajar y otros modos de relacionarse con el Estado.
Pero no debería regresar solamente con respuestas. También necesita regresar con preguntas porque vivir afuera no convierte automáticamente a nadie en dueño de la verdad.
La diáspora puede traer conocimiento, puede traer capital, puede traer nuevas prácticas, puede traer nuevas formas de organización, pero también necesitará escuchar a quienes permanecieron.
Los mayores tienen algo que nadie puede reemplazar: memoria
Memoria, pero memoria no significa nostalgia.
Su tarea podría ser decir: "Esto ocurrió."
No necesariamente: "Esto tiene que volver a ocurrir."
Pueden ser custodios de la memoria sin convertirse en guardianes del pasado.
Y los jóvenes tienen derecho a otra Venezuela
No una Venezuela restaurada, una Venezuela nueva.
No deberían heredar nuestros enemigos, podrían heredar nuestra memoria.
No deberían heredar nuestro resentimiento, podrían heredar las lecciones que aprendimos de él.
Porque quizás uno de los mayores fracasos de una generación sería entregar a la siguiente exactamente las mismas heridas que recibió.
¿Se puede planificar la reconciliación?
Sí, pero no completamente.
Se pueden crear espacios de encuentro, procesos de verdad, mecanismos de justicia, reparación, educación, memoria, instituciones, diálogo, participación.
Pero nadie puede ordenar que una sociedad sane en determinada fecha. La reconciliación no es una obra pública es un proceso humano y probablemente tomará décadas.
Mente, cuerpo y espíritu
Tal vez por eso la reconstrucción venezolana tenga que producirse en tres niveles.
En la mente: Aprender a pensar críticamente, preguntar, comparar, contrastar y no entregar la propia capacidad de juicio a un líder.
Pasar de "¿Qué me prometes?" a "¿Cómo piensas hacerlo?"
En el cuerpo: Recuperar el valor del trabajo, la estabilidad, la disciplina y la producción.
Pasar de sobrevivir a vivir.
En el espíritu: Recuperar la esperanza sin convertirla en dependencia.
Pasar de "que alguien nos salve" a "somos responsables de lo que hagamos con lo que nos fue dado."
Quizás esa sea la verdadera reconstrucción
No será solamente reconstruir PDVSA, reconstruir carreteras, recuperar hospitales, elegir un nuevo presidente.
Será reconstruir la relación del venezolano con: el poder, el trabajo, la riqueza, la autoridad, las instituciones, el otro, la memoria y consigo mismo.
Porque podemos cambiar un gobierno sin cambiar una cultura, una Constitución sin cambiar una mentalidad y un presidente sin cambiar el modelo de relación con el poder.
Y entonces la historia puede volver a comenzar.
¿Venezuela en veinte años?
Nadie puede saber exactamente cómo será Venezuela en 2046.
Puede aparecer nuevamente un Estado rentista, surgir un autoritarismo económicamente pragmático, consolidarse una democracia imperfecta, aparecer una nueva élite alrededor del petróleo, regresar una parte de la diáspora, puede ocurrir todo eso simultáneamente.
Pero existe una pregunta que sí podemos formular cuando Venezuela vuelva a tener abundancia, cuando vuelvan los dólares, cuando regresen las oportunidades, cuando el petróleo vuelva a producir riqueza: ¿qué haremos con ella?
¿Volveremos a repartirla?, ¿Volveremos a depender de quien la administre?, ¿Volveremos a buscar un hombre fuerte?, ¿Volveremos a pensar que la riqueza nos pertenece, aunque no sepamos producirla? ¿O construiremos algo distinto?
Una riqueza que financie instituciones, una renta que se transforme en patrimonio, una economía que produzca más allá del petróleo, un Estado que no sea padre ni enemigo, un ciudadano que no necesite una "palanca" para ejercer sus derechos ni quiera “seguir raspando la olla”, una democracia que pueda sobrevivir a un mal presidente.
Tal vez la verdadera pregunta no sea quién gobernará Venezuela
Quizás sea: ¿qué tipo de venezolano(a) gobernará Venezuela?
Y todavía más: ¿qué tipo de venezolanos seremos nosotros cuando nos toque reconstruirla si acaso queremos asumir nuestras participaciones en ello?
Porque el país que salga de esta crisis no será construido únicamente por políticos. Será construido por los padres que eduquen, por los maestros que enseñen, por los empresarios que produzcan, por los funcionarios que decidan no corromperse, por los militares que entiendan que su lealtad pertenece a la República, por los jóvenes que se nieguen a heredar odios, por los mayores que transmitan memoria sin nostalgia, por los emigrantes que regresen con experiencia sin superioridad y por quienes permanecieron y puedan contar lo que significó quedarse.
Entonces volvemos a la pregunta
¿ESTÁS PREPARADO(A) PARA RECONCILIARTE?
No te pregunto si estás dispuesto(a) a olvidar, a perdonar a quien todavía no consideras digno de perdón ni a renunciar a la justicia.
Te pregunto algo más incómodo: ¿Estás dispuesto(a) a dejar de alimentar aquello que te mantiene unido a tu enemigo?
¿Estás dispuesto(a) a reconocer que puedes haber sufrido y, al mismo tiempo, haber causado sufrimiento, a aceptar que la historia que te contaron no contiene toda la historia, a escuchar al que piensa distinto sin convertirlo inmediatamente en enemigo, a permitir que tus hijos no hereden tus batallas, a recordar sin vivir atrapado en el recuerdo, a hacer justicia sin convertir la justicia en venganza y a perdonar sin negar lo sucedido?
Y, sobre todo: ¿estás dispuesto(a) a dejar de necesitar un enemigo para saber quién eres?
Porque quizás reconciliarse no sea darle la razón al otro, quizás sea recuperar la parte de ti que entregaste al conflicto.
Venezuela ha pasado por la colonia, la guerra, el caudillismo, las dictaduras, la democracia, la bonanza, la corrupción, el petróleo, el chavismo, el madurismo, la migración, la pérdida y la supervivencia.
Y ahora está frente a una posibilidad que no puede ser garantizada por ningún presidente: convertir toda esa experiencia en conciencia.
Porque si no aprendemos de lo vivido, el sufrimiento solamente habrá sido sufrimiento. Pero si conseguimos transformarlo en conciencia, responsabilidad, memoria y capacidad de construir entonces -incluso aquello que quisimos olvidar- puede convertirse en parte de nuestra sabiduría.
Quizás esa sea la verdadera reconciliación. No reconciliarnos con una ideología, con un partido, con un presidente, con nuestra propia historia; la Venezuela que fuimos, la perdimos, la que somos y con la Venezuela que todavía podemos llegar a ser.
Porque después de quinientos años quizá la pregunta ya no sea: ¿Quién va a salvar a Venezuela?
Quizás la pregunta sea:
¿ESTÁS PREPARADO(A) PARA RECONCILIARTE?
Y si la respuesta es sí, entonces comienza algo que ningún caudillo, ningún partido, ningún gobierno y ninguna potencia extranjera puede hacer por nosotros: comenzar a construir una Venezuela que ya no necesite volver a ser salvada.
La reconciliación comienza en uno mismo
Quizás hemos esperado demasiado tiempo que Venezuela se reconcilie consigo misma, sin preguntarnos cuánto de esa reconciliación depende de cada uno de nosotros porque llevamos dentro una pequeña Venezuela: nuestras pérdidas, nuestras nostalgias, nuestras rabias, nuestras culpas, nuestras esperanzas y también nuestros prejuicios.
Mientras sigamos en guerra con alguna parte de nuestra propia historia, seguiremos necesitando un enemigo afuera y reconciliarse con uno mismo no significa aprobar lo que ocurrió. Significa dejar de permitir que aquello que ocurrió siga gobernando nuestra manera de sentir, pensar y actuar.
Tal vez la reconstrucción de Venezuela no comience en Miraflores, ni en las urnas, ni en el petróleo. Tal vez comience en un lugar mucho más pequeño y más difícil: en el momento en que cada venezolano sea capaz de mirar su propia herida, reconocerla, integrarla y decidir que no la convertirá en una herencia para sus hijos.
Porque una nación no puede reconciliarse de verdad mientras sus ciudadanos continúen divididos dentro de sí mismos.
La reconciliación de Venezuela podría comenzar cuando comience la reconciliación de cada uno.
Si esta reflexión resuena contigo, puedes explorar más procesos de acompañamiento en mi trabajo como facilitador.
Julio Linares



